De quién es el capital
El siervo fiel administra lo que su señor le entregó. Nunca confunde la mayordomía con la propiedad. Babel, en cambio, construye con lo suyo, para lo suyo, y por eso el proyecto entero descansa sobre el hombre.
Los últimos meses me han tocado varias charlas dentro del círculo de empresas con las que trabajo. Charlas buenas, de esas donde te sientas a escuchar a alguien que construyó algo real y sales con la libreta llena. Referentes de verdad, gente que partió de cero y hoy factura lo que muchos no facturarían en tres vidas.
Y en todas, sin excepción, apareció la misma palabra.
Crecer.
Uno de ellos lo contó con una claridad que todavía se me queda dando vueltas. Dijo que un día se propuso ser el más grande de Chile. Lo logró. Entonces se propuso ser el más grande de Latinoamérica. También lo logró. Y ahora, contaba con la naturalidad de quien te cuenta el itinerario de un viaje, ahora va por ser el más grande del mundo.
Yo lo escuchaba y no podía dejar de quedar impresionado. Porque hay algo genuinamente admirable en esa decisión sostenida durante años, en esa disciplina, en esa capacidad de levantar equipos y sistemas y ejecutar sin aflojar. Son empresas que admiro y que respeto, y no lo digo por cortesía, lo digo en serio. Llevo más de quince años en el mundo empresarial y sigo en él, sé lo que cuesta cada punto de crecimiento y sé que detrás de una cifra bonita hay decisiones difíciles que nadie aplaude.
Pero mientras lo escuchaba, apareció la pregunta.
¿Y yo? ¿Quiero eso?
Y ahí viene la parte incómoda, porque la pregunta viene con trampa. Yo no he crecido a ese nivel. Nunca he estado ni cerca. Entonces decir "no, yo no quiero eso" suena peligrosamente parecido a una excusa elegante para tapar mi propia falta de crecimiento. Todos conocemos a alguien que desprecia lo que no ha logrado. Y uno no quiere ser esa persona. Uno no quiere que su teología sea el disfraz de su mediocridad.
Así que me quedé con la pregunta abierta un buen rato, sin resolverla.
La respuesta no llegó como una voz ni como una revelación. Llegó como llegan casi siempre las cosas del Señor conmigo, con una palabra de la Escritura que se instala y no se va. Una sola palabra.
Excelencia.
Y de ahí para adelante, esto no me soltó más.
Antes de opinar quiero ir a la Biblia, porque si hay algo que aprendí es que uno no parte de la aplicación y después busca el versículo que la respalde. Eso es usar la Escritura como decoración. Partimos del texto.
Y el texto parte con Dios trabajando.
Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera.— Génesis 1:31
Fíjense en algo. Antes de que exista un solo mandamiento sobre el trabajo, antes de que exista Israel, antes de que exista la ley, ya tenemos a Dios evaluando su propia obra y declarándola buena. La primera imagen que la Biblia nos da de Dios no es la de un Dios sentado, es la de un Dios trabajando. Y trabajando bien.
Por eso cuando hablamos de excelencia no estamos hablando de una virtud que sacamos de un libro de management y le pegamos un versículo encima. Estamos hablando de un reflejo. Fuimos hechos a imagen de un Dios que hace cosas y las hace bien.
Vayan ahora a Éxodo 31. Dios va a levantar el tabernáculo y llama a alguien que trabaje la madera, el metal y la piedra. Y dice esto:
Mira, yo he llamado por nombre a Bezaleel... y lo he llenado del Espíritu de Dios, en sabiduría y en inteligencia, en ciencia y en todo arte, para inventar diseños, para trabajar en oro, en plata y en bronce.— Éxodo 31:2-4
Uno de los primeros llenamientos del Espíritu Santo registrados en toda la Biblia no es para predicar. Es para trabajar con las manos. Es para diseñar bien, cortar bien, soldar bien. La competencia técnica de Bezaleel, su oficio, su capacidad de hacer un trabajo impecable, es descrita como obra del Espíritu de Dios en él.
Y después está el texto que me reordenó la cabeza en el trabajo, y que sigo necesitando:
Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres, sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís.— Colosenses 3:23-24
Y aquí está la clave. Pablo no está escribiendo a ejecutivos ni a emprendedores. Está escribiendo a esclavos. A gente sin carrera, sin ascenso posible, sin bono de fin de año, sin la más mínima chance de llegar a ser el más grande de nada. Y a esos les dice que hagan su trabajo de corazón, como para el Señor.
Es decir, la excelencia bíblica no depende del tamaño de tu plataforma. Un esclavo podía ser excelente. Un esclavo no podía proponerse ser el más grande de nada.
Se dan cuenta de la diferencia.
Definamos, porque estas dos palabras se usan como sinónimos y no lo son.
Cuando el Nuevo Testamento habla de excelencia usa la palabra griega areté, que significa virtud, calidad, aquello que hace que una cosa sea buena en lo que es. Un cuchillo excelente es el que corta bien. Un pastor excelente es el que apacienta bien. Pablo la usa en Filipenses 4:8, "si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad". Y hay otro verbo que apunta en la misma dirección, perisseuo, que significa abundar más y más, cuando le dice a los corintios "abundad también en esta gracia" (2 Corintios 8:7), y a los tesalonicenses "que abundéis más y más" (1 Tesalonicenses 4:1).
Noten algo importante. La excelencia bíblica se mide primero contra un estándar, no contra otra persona. La pregunta es vertical, ¿esto es digno de Aquel a quien se lo estoy entregando?, antes que horizontal, ¿esto es más que lo del otro?
Y quiero ser preciso, porque la Biblia sí compara. De Daniel dice que era superior a los otros gobernadores del reino (Daniel 6:3), y que él y sus compañeros fueron hallados diez veces mejores que todos los magos y astrólogos de Babilonia (Daniel 1:20). Pero fíjense en el verbo. Daniel fue hallado mejor. No se propuso ser el mejor. La comparación aparece describiendo un resultado, no operando como motor. Y esa diferencia lo es todo.
La grandeza funciona exactamente al revés. La grandeza es comparativa por definición. No existe "el más grande" sin alguien más chico al lado. La grandeza necesita una tabla de posiciones. La excelencia no necesita a nadie más en la sala.
La excelencia mira hacia arriba. La grandeza mira hacia el lado.
Ahora, alguien podría decir que estoy exagerando, que el deseo de ser el más grande es simplemente ambición sana y que la Biblia no tiene problema con eso.
El problema es que la Biblia sí tiene un problema con eso. Y lo dice temprano.
Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo, y hagámonos un nombre.— Génesis 11:4
Babel no es la historia de gente floja. Es la historia de gente extraordinariamente capaz. Innovaron en materiales, se organizaron, escalaron. Todo lo que hoy celebraríamos en un caso de estudio. El pecado de Babel no fue construir, fue el propósito de la construcción, hagámonos un nombre.
Y el patrón se repite en toda la Escritura con una insistencia que impresiona. Nabucodonosor paseándose por su terraza, "¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?" (Daniel 4:30), y perdiendo la razón en la frase siguiente. El hombre de Lucas 12 que decide derribar sus graneros para construir otros más grandes, y esa misma noche se le pide su alma. Santiago desarmando la planificación sin Dios, "Iremos a tal ciudad y estaremos allá un año, y traficaremos, y ganaremos" (Santiago 4:13).
Pero el texto que más me confrontó a mí fue uno chiquitito, casi escondido, que Dios le manda decir a Baruc en medio del colapso de Jerusalén:
¿Y tú buscas para ti grandezas? No las busques.— Jeremías 45:5
Tres palabras. No las busques.
Y quiero ser justo acá, porque esto no es un llamado a la mediocridad ni al desprecio de lo grande. Fíjense en lo que pasa inmediatamente después de Babel. Los hombres dijeron "hagámonos un nombre", y en el capítulo siguiente Dios le dice a Abram, "engrandeceré tu nombre" (Génesis 12:2).
¿Se dan cuenta de lo que acaba de ocurrir?
Lo que el hombre intentó fabricar con ladrillos, Dios lo entrega como regalo. La grandeza no fue eliminada, fue reubicada. Dejó de ser un proyecto y pasó a ser un don.
Por eso David dice, "te he dado nombre grande, como el nombre de los grandes que hay en la tierra" (2 Samuel 7:9). Por eso Ana canta que "Jehová empobrece, y él enriquece, abate y enaltece" (1 Samuel 2:7). Por eso el mismo David, ya viejo y con el reino consolidado, reconoce delante de todo Israel que "en tu mano está la fuerza y el poder, y en tu mano el hacer grande y el dar poder a todos" (1 Crónicas 29:12).
Nuestra parte es la excelencia. El engrandecimiento es de Dios.
Aquí tengo que detenerme, porque si dejo el argumento hasta ahí estoy siendo tramposo. Alguien podría cerrar este artículo pensando que lo espiritual es quedarse chico, que la humildad se mide en facturación baja y que el que crece es sospechoso. Eso no es lo que dice la Biblia.
El primer mandato que Dios le da al hombre es de expansión.
Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla.— Génesis 1:28
No es un permiso, es una orden, y es expansiva por definición.
Y Jesús cuenta una parábola que va todavía más directo al punto. Un hombre entrega talentos a sus siervos antes de irse de viaje. Dos los ponen a trabajar y los multiplican. Uno lo entierra por miedo. Y el que recibe la reprensión más dura no es el que creció, es el que no creció. A los otros les dice, "sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré" (Mateo 25:21).
Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Babel o los talentos?
En los dos, y no se contradicen. La diferencia no está en el tamaño del resultado, está en tres preguntas.
El siervo fiel administra lo que su señor le entregó. Nunca confunde la mayordomía con la propiedad. Babel, en cambio, construye con lo suyo, para lo suyo, y por eso el proyecto entero descansa sobre el hombre.
El siervo multiplica y se lo devuelve a su señor. Los constructores de Babel multiplican para hacerse un nombre. El mismo resultado, dos destinatarios distintos, y ahí se juega todo.
Esta es la pregunta que suele quedar sin hacer. Qué relación, qué promesa, qué estándar de calidad, qué domingo, qué matrimonio. Si hay algo que estás dispuesto a sacrificar para crecer, eso revela qué es lo que de verdad estás adorando.
En una planilla los dos resultados pueden verse idénticos. Delante de Dios no se parecen en nada.
Y esto no es resignación, es libertad. Porque el día que entiendes que el tamaño final no depende de ti, dejas de sacrificar cosas que nunca debiste sacrificar para conseguirlo.
Todo esto llega a su punto más filoso cuando Jesús habla del tema.
Y el contexto importa, porque ahí sí hay reprensión. Jacobo y Juan acaban de pedirle los dos mejores asientos del reino, y Jesús los corta de frente, "no sabéis lo que pedís" (Marcos 10:38). Los otros diez se indignan, y uno sospecha que se indignan porque querían exactamente lo mismo. Así que Jesús no está tratando con un deseo neutro, está tratando con una ambición desordenada y la confronta. Pero después de confrontarla, no elimina la categoría de grandeza. La redefine.
Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas... pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor... porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.— Marcos 10:42-45
Miren la estructura del argumento. Primero corrige el corazón, después redirige el camino. El que quiera hacerse grande, dice, muy bien, hay una ruta, y la ruta es el servicio.
Y noten que el fundamento no es una técnica de liderazgo. No dice "sirvan porque eso genera lealtad en el equipo". Dice sirvan porque el Hijo del Hombre sirvió y dio su vida en rescate. El modelo es la cruz. Filipenses 2 lo dice completo, se humilló hasta la muerte de cruz, por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo.
Y aquí hay que poner un cuidado, porque esto se puede leer al revés. El descenso de Cristo no fue una táctica de ascenso. No se humilló como estrategia para llegar arriba, se humilló para salvarnos, y la exaltación fue la respuesta del Padre a una obediencia real. Si convertimos la humildad en un método para subir, ya no estamos imitando a Cristo, volvimos a Babel con vocabulario nuevo.
Ahora, seamos honestos con el texto en otra cosa. Jesús está hablando de la grandeza entre sus discípulos, no de participación de mercado. No podemos tomar esta frase y aplicarla sin más a un ranking de facturación. Pero el principio que la sostiene sí cruza, porque es un principio sobre qué cosa cuenta como grandeza delante de Dios. Y si en el reino la grandeza se mide por a cuántos sirves, entonces un cristiano que dirige una empresa no puede usar una vara el domingo y otra el lunes. No podemos tener dos sistemas de puntaje.
Esa es la única escalera de grandeza que la Biblia aprueba, y baja antes de subir.
Vuelvo a la charla, pero ahora quiero salirme de ella, porque lo que sigue no es sobre nadie en particular.
Hay algo que he visto repetirse tantas veces en estos años que ya no me parece casualidad. Empresas que crecen rápido y que en el camino empiezan a entregar peor. Trabajos a medias. Plazos que se corren. Terminaciones que ya no son lo que eran. Y un nombre que era sinónimo de calidad y que un día empieza a mencionarse con una mueca.
No estoy pensando en nadie mientras escribo esto, y no me corresponde juzgar a ninguna empresa desde afuera. Lo traigo porque es un patrón conocido en cualquier rubro, y porque cualquiera de nosotros puede terminar ahí. Yo incluido.
Cuando el crecimiento se transforma en la meta, la calidad se transforma en la variable de ajuste. Es casi aritmético. Algo tiene que ceder, y lo que cede suele ser lo que el cliente no alcanza a ver hasta después de firmar.
Y ahí uno entiende por qué Salomón, que no era precisamente un hombre pobre ni un hombre chico, escribió esto:
De más estima es el buen nombre que las muchas riquezas, y la buena fama más que la plata y el oro.— Proverbios 22:1
El buen nombre no se construye con volumen, se construye con consistencia. Se construye con el trabajo número mil hecho igual de bien que el primero, cuando ya nadie está mirando y cuando entregar algo aceptable sería suficiente para que nadie reclame.
Y esto conecta con un texto durísimo que casi nunca se predica en clave laboral. Malaquías 1. Los sacerdotes le estaban trayendo a Dios animales cojos, ciegos y enfermos. No animales robados, ojo. Animales propios, pero los peores del rebaño. Y Dios les responde con una ironía que corta, "Preséntalo, pues, a tu príncipe, ¿acaso se agradará de ti, o le serás acepto?" (Malaquías 1:8).
Entregar un trabajo mediocre firmado con tu nombre cristiano no es un problema de gestión. Es un problema de adoración.
La primera. La excelencia no es un contrato.
Hay un versículo que se cita mucho en ambientes cristianos de emprendimiento, "¿Has visto hombre solícito en su trabajo? Delante de los reyes estará" (Proverbios 22:29). Y es verdad. Pero Proverbios es sabiduría, no es una promesa notarial, y sobre todo no viene con fecha.
Miren a José. Fue un administrador impecable en casa de Potifar y terminó en la cárcel, y no por su gestión sino por negarse a la mujer de su amo. Es cierto que al final llegó delante del rey, y en ese sentido es el mejor ejemplo de Proverbios 22:29 que existe en toda la Biblia. Pero entre su excelencia y ese trono pasaron trece años y una prisión. Daniel fue hallado superior entre todos los gobernadores, y eso mismo le levantó los enemigos que terminaron mandándolo al foso de los leones.
La excelencia no compra resultados en tus plazos. Puede que los dé pronto, puede que los dé tarde, puede que los dé cuando tú ya no estés para verlos. Quien te ofrezca un calendario te está vendiendo prosperidad con lenguaje bíblico.
La segunda, y esta es la más importante.
La excelencia no te salva. No suma puntos. No mejora tu posición delante de Dios ni un milímetro.
Porque por gracia sois salvos por medio de la fe, y esto no de vosotros, pues es don de Dios, no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras.— Efesios 2:8-10
Miren el orden, porque el orden lo es todo. Primero la gracia, después las obras. Somos salvos por gracia, y desde esa salvación fuimos creados para buenas obras.
La excelencia es fruto de la justificación, es decir, de esa declaración legal por la cual Dios nos declara justos en Cristo. Nunca es su causa.
Si invertimos ese orden, "sé excelente" deja de ser un fruto del evangelio y se transforma en una nueva ley, en un sistema donde tu rendimiento define cuánto vales delante de Dios. Y déjame decirte algo, hermano, muchos profesionales cristianos ya están viviendo exactamente eso sin darse cuenta. Trabajan con una excelencia agotadora, no para agradar a Dios desde el descanso de estar aceptados, sino para conseguir una aceptación que Cristo ya compró con su sangre.
Esa excelencia se ve idéntica por fuera. Por dentro es esclavitud.
Después de todos estos meses creo que ya puedo responder la pregunta que me hice sentado en esa charla, y creo que puedo responderla sin que sea una excusa.
Yo no quiero ser el más grande. Quiero ser el más excelente.
Y apenas escribo esa frase me doy cuenta de que me salió con la misma lógica que vengo criticando hace dos mil palabras, porque "el más excelente" también es un superlativo, también supone un podio, también mira hacia el lado. Así que déjenme corregirme.
No se trata de ser el más excelente. Se trata de ser fiel con lo que el Señor puso en mis manos, y de hacerlo bien.
Quiero que lo que salga con mi nombre esté bien hecho, no bien vendido. Quiero que si algo crece, crezca porque estaba bien hecho, y no que esté mal hecho porque tenía que crecer.
Si tú estás en una temporada donde no estás creciendo, donde el negocio no despega, donde miras a otros que van mucho más rápido y sientes esa mezcla incómoda de admiración y vergüenza, no uses esa incomodidad para despreciar a los que crecieron ni para medirte contra ellos. Úsala para preguntarte lo único que sí está en tus manos hoy. Ese informe, ese proyecto, ese cliente, esa clase, esa reunión, ¿lo estás haciendo con excelencia delante del Señor?
Porque el tamaño lo decide Dios. La calidad la decidimos nosotros.
No. La Biblia manda multiplicar. Génesis 1:28 ordena fructificar y llenar la tierra, y en la parábola de los talentos el siervo reprendido es el que no hizo crecer lo recibido. El pecado no está en el crecimiento sino en su propósito. Babel también creció, y su falta fue construir para hacerse un nombre propio.
La excelencia se mide contra un estándar, la grandeza contra otras personas. La excelencia pregunta si el trabajo es digno de Aquel a quien se entrega. La grandeza necesita una tabla de posiciones y alguien más chico al lado. La Escritura manda lo primero como reflejo del carácter de Dios, y advierte contra lo segundo cuando se transforma en proyecto propio.
Colosenses 3:23-24 ordena hacerlo todo de corazón como para el Señor. Éxodo 31:2-4 describe a Bezaleel lleno del Espíritu de Dios para trabajar el oro y la plata con maestría. Génesis 1:31 muestra a Dios evaluando su obra y declarándola buena. Y Malaquías 1:8 reprende la ofrenda defectuosa como un acto de desprecio.
Proverbios es literatura de sabiduría, no una promesa contractual, y no incluye plazos. José fue un administrador impecable y llegó delante del faraón, pero entre su excelencia y ese trono pasaron trece años y una prisión. Daniel fue hallado superior entre los gobernadores y eso mismo le costó el foso de los leones.
Tres preguntas ayudan a discernirlo. De quién es el capital que estoy administrando. Para quién es la gloria del resultado. Y qué estoy dispuesto a romper para conseguirlo. Si hay una relación, una promesa o un estándar de calidad que estás dispuesto a sacrificar para crecer, eso revela qué estás adorando realmente.
No. Efesios 2:8-10 establece el orden, somos salvos por gracia mediante la fe, y desde esa salvación fuimos creados para buenas obras. La excelencia es fruto de la justificación, nunca su causa. Invertir ese orden convierte el trabajo en una nueva ley donde el rendimiento define el valor personal delante de Dios.
Jesús no elimina la categoría de grandeza, la redefine. El que quiera ser grande será servidor, y el fundamento no es una técnica de liderazgo sino la cruz. El texto habla de la grandeza entre los discípulos, no de participación de mercado, pero el principio cruza, un cristiano no puede medir su vida con una vara el domingo y otra el lunes.
El problema no fue la construcción ni la capacidad técnica, que era notable. Génesis 11:4 registra el propósito, hagámonos un nombre. El juicio cae sobre la autoexaltación, no sobre la obra. La prueba está en el capítulo siguiente, donde Dios le promete a Abram engrandecer su nombre. Lo que el hombre quiso fabricar, Dios lo entrega como don.